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INTRODUCCIÓN

Hace ya demasiados años desde que en esta sociedad el bien común fue sustituido por el interés general. Este último, como se ha venido constatando, viene dado por un interés más bien particular por parte de ciertas empresas e incluso personas, en algunos casos.

El capitalismo patriarcal trajo consigo numerosos valores asociados, que son los que realmente priman, o pretenden que primen, en las sociedades occidentales y que ciertamente son incompatibles con una gestión real de los bienes comunes.

Desde los movimientos que defendemos la Soberanía Alimentaria buscamos dejar de considerar el agua, la tierra o la biodiversidad como meros recursos al servicio del ser humano para que pueda utilizarlos como quiera, sin otro criterio más que el de sus apetencias o intereses. Estamos viendo como, en aras del progreso y de una mejora en la gestión, se privatizan los Pueblos con todo lo que ello conlleva. No únicamente su territorio, sino también sus culturas, monetarizando lo que puede venderse como valor al mercado y destruyendo lo demás.

Recuperando alguna de las definiciones publicadas, llamaremos comunes a la manera de gestionar en común los recursos colectivos que permite establecer principios de cooperación, intercambio y explotación al margen del mercado. Es importante recalcar que el cambio de visión que estamos planteando no es meramente en la forma de gestión. Cuando se habla de bienes comunes y de la mirada de lo común, el cambio ha de ser social, ya que lo contrario sería una mera gestión colectiva del capitalismo.

Los bienes comunes están, por tanto, formados por el conjunto de tres elementos: el propio recurso (material o inmaterial), la comunidad de sujetos que generan y sostienen la producción y reproducción del recurso, y el modo de gestión. En este sentido, es importante señalar que los diferentes elementos no tienen por qué ser una foto fija, sino que se retroalimentan entre sí de forma dinámica.

Esta gestión de los comunes se caracteriza por cuatro premisas fundamentales:

  • Universalidad: El acceso a los bienes comunes debe garantizar el acceso de todos/as los/as integrantes de la comunidad que cuida y se beneficia de dicho bien.
  • Sostenibilidad: Deben ser gestionados de forma que se garantice su sostenibilidad y la supervivencia de dicho bien, para que pueda ser disfrutado por generaciones futuras.
  • Democracia: Para ser considerados comunes, estos bienes han de ser gestionados de forma democrática, de forma que las comunidades puedan tomar las decisiones que afecten a la accesibilidad y sostenibilidad. La toma de decisiones debe ser colectiva, respetando las diferencias y diversidades y garantizando la participación de todos los sectores de la comunidad, como las mujeres, las personas ancianas, jóvenes, etc, y con vinculaciones diferentes con esos “comunes”.
  • Inalienabilidad: Por su propia naturaleza, estos bienes no pueden ser vendidos en el mercado, especular con ellos ni acumularlos con vistas a beneficios futuros. Su valor es el valor de uso, por lo que deben escapar a la lógica del mercado financiero.

En este contexto, quizá el gran reto sea definir: ¿Qué es hoy en día una comunidad? En la era tecnológica en la que vivimos, en la que se confunden relaciones con interacciones, definir comunidad es uno de los retos a alcanzar. ¿Dónde la delimitamos? En nuestro caso ¿en el campesinado? ¿los barrios? ¿los municipios? Obviamente cada circunstancia marcará lo que abarca esa comunidad en cada caso y, como ya se ha mencionado, será importante no verla como una foto fija sino como algo dinámico.