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INTRODUCCIÓN

Durante casi toda la Historia, el ser humano ha tenido una relación directa con la naturaleza y con su entorno, conviviendo con ella de forma equilibrada. La agricultura ha sido un ejemplo muy claro, ya que durante miles de años la relación con el medio y las prácticas agrarias han posibilitado que generaciones de familias hayan podido vivir de una agricultura respetuosa con el territorio y duradera en el tiempo. En Euskal Herria, por ejemplo, el baserri ha sido durante los últimos siglos la estructura productiva que ha dado de comer a toda la población.

Estos baserris estaban adaptados a un territorio con orografía singular, y el principal objetivo era producir alimentos para el autoconsumo de sus habitantes, por eso, casi todos tenían una producción muy diversificada, con huerta, fruta, pollos, gallinas, conejos, cerdos, etc. Había prados bien cuidados y trabajados, para dar de comer a animales de mayor peso, como vacas o bueyes, que además de para la producción de leche o carne servían también de tiro o de tracción animal. Era común también el acceso a los bienes (y no recursos) que les daba el bosque, ya que además de la recolección o la caza, se utilizaban como suministro de leña para calentar el baserri, o transformarlo en carbón para la industria.

Por todo ello, podemos observar que el baserri era un sistema de producción autónomo, que estaba adaptado y que aprovechaba los bienes que le ofrecía el entorno y que, además de producir alimentos, era autónomo energéticamente. Además, servía de alimento a núcleos más urbanizados, ya que en la mayoría de los casos los excedentes se bajaban al mercado más próximo para venderlos directamente a otras personas consumidoras. Las personas baserritarras entendían e interpretaban el medio, sabían vivir de él y transmitían todos sus conocimientos a sus descendientes para que alguno de ellos pudiera seguir con esa actividad.

Lamentablemente, durante estos últimos cincuenta años, esta relación se ha transformado tras la llamada ‘revolución verde’, que trajo consigo un modelo de producción y consumo cuya consecuencias han sido el abandono del medio rural y la concentración de las personas en las ciudades. Después de la Segunda Guerra Mundial, se pone en marcha un proceso de intensificación agrícola a nivel global. Las prácticas y conocimientos campesinos, que durante años se habían trabajado y pasado de generación en generación, son desechadas y se apuesta por una agricultura industrial, basada en productos químicos y en derivados del petróleo.

En Euskal Herria, este fenómeno se da con la misma intensidad que en el resto de Europa. Desde las administraciones públicas se apuesta por un modelo de producción basado en la especialización y el monocultivo, es decir, una única producción y en gran cantidad. Eso hace que los baserris se especialicen. Quienes optan por la producción hortícola cultivan dos o tres cultivos en gran cantidad. Y quienes deciden optar por producciones ganaderas únicamente eligen entre ganado para carne o para producción de leche. Estos sistemas de producción intensivos, al alejarse de las lógicas de la naturaleza y los recursos locales, necesitan cada vez más de compras de insumos externos, como pueden ser los abonos químicos, los piensos y la maquinaria. Y ante el aumento de su monoproducción, no les sirven los mercados locales y pasan a producir para la gran industria, convirtiéndose de manera progresiva en cada vez más dependientes de la producción y de la venta.

Este cambio de modelo trajo consigo que la mayor parte de los baserris hayan abandonado su actividad, concentrándose toda la producción de alimentos en fincas o granjas cada vez más grandes, productivistas y dependientes. Con el abandono de la producción viene el abandono del campo, convirtiéndose ésta en una realidad cada vez más preocupante, tanto a nivel local como a nivel mundial.

Así, hoy nos encontramos en una situación de dependencia alimentaria, donde la mayor parte de los alimentos que consumimos recorren una media de 5.000 Kilómetros y son distribuidos desde una lógica de mercado exportador; es decir, estos alimentos recorren toda esta distancia mientras sus territorios de origen son a su vez saturados con producciones de otros lugares. Pero cada vez, más hijos e hijas de esa generación que migró del medio rural a la ciudad vuelven a mirar al campo, por cambiar de vida, por vocación o por otros motivos, pero casi todos con ganas de hacer algo respetuoso con el medio. Eso sí, sin saber muy bien cómo entenderlo y sin los conocimientos que seguramente tuvieron sus abuelos y abuelas. Por eso el reto es grande: ¿cómo facilitar el regreso al medio rural de jóvenes con vocación, pero sin formación y sin conocimientos, para poder entender el medio?

En nuestras manos queda ver cómo recuperar los valores y las claves positivas de esos baserris que han posibilitado dar de comer a este país durante siglos, mediante el respeto a la tierra, la autonomía, la diversificación, la transformación y la venta a traves de canales próximos. Para poder avanzar en todos estos aspectos, tomamos la Agroecología como herramienta, que nos aporta una mirada integral de ese entorno y claves para poder avanzar en ese proceso y poder alcanzar el equilibrio que necesitamos.